Ella compartió su habitación conmigo con gusto, para que yo dejara la cuna de una vez. Me regalaba ropa hermosa con sus primeros sueldos. Ella fue mi mamá alguna vez y le tocó explicarme las cosas más comprometidas, fue ella la que me enseñó a dejar de lado el pudor para sacarme las dudas. De alegría por ella, lloré cuando la ví tan blanca y tan novia, posando para las fotos, y quizás un poco de tristeza por mí; sabía que eso significaba que no tendría a quién molestar, a quién esperar ansiosa después del colegio para meterme en el medio de las charlas de grandes a querer escuchar lo que no me correspondía...
A ella le debo agradecer, por compartir conmigo sus dos soles que siempre brillan.Ella, que siempre tiene fé en mi, me dio fuerza y ganas cuando más las necesitaba.
Ella, me ayudó a entender los oscuros manejos de uno de los loquitos que me crucé por la vida. Con ella compartimos los trastornos que nos genera tener el padre loquito que tenemos. Con ella nos reimos, lloramos, tomamos mate, a veces volvemos a ser adolescentes juntas. Con ella, tenemos secretos. Nuestros y de nadie más.
Ella sabe cosas que sólo ella puede saber.A veces, también, nos agarramos de los pelos. Sacamos a relucir las armas y nos herimos con lo más filoso q tenemos, que es la lengua. Y después, nos arrepentimos, nos decimos que nos queremos, nos ponemos de acuerdo. Aunque somos muy diferentes, es imposible que nos separemos. Desde que nuestro vínculo escaló más allá de la sangre, desde que nos vimos desnudas cada una con sus miserias y miedos más profundos; desde esos días, la elijo todos los días...Aunque a veces la quiera matar, aunque a veces no la entienda, aunque a veces quiera meterme adentro de su cabeza para ver qué piensa...
Desde entonces, desde que nuestra relación trascendió la sangre, nosotras dejamos de ser hermanas, y somos amigas. Y eso si, es para toda la vida.
Te quiero hermanita, que siempre vivas en primavera (L)
miércoles, 3 de septiembre de 2008
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